Hay un tipo de viajero que busca lo que no aparece en las listas. Nosotros no somos exactamente ese tipo de viajero — llegamos a Brescia porque encajaba en el itinerario, no porque la hubiéramos elegido conscientemente. Y resultó ser la sorpresa del viaje.





Brescia está a media hora de Verona en bus. No tiene la fama de su vecina, ni la postal de Bérgamo. Tiene otra cosa: la sensación de que la ciudad te pertenece un poco más porque no tienes que compartirla con nadie.
La Piazza della Loggia es uno de esos espacios que te detienen. No es espectacular en el sentido de la Arena di Verona — es elegante, proporcionada, con esa belleza tranquila de las ciudades que no necesitan demostrar nada. Nos sentamos en un banco y estuvimos un rato sin hacer nada en particular. Eso también es viajar.
El Capitolium romano es patrimonio UNESCO y está en medio de la ciudad como si tal cosa. Ruinas del siglo primero integradas en el tejido urbano, sin cristales ni distancias de seguridad. Puedes acercarte, tocar la piedra, imaginar. Miriam dijo que le recordaba a cuando estudió nutrición en Roma hace años. Así funcionan los viajes — te conectan con versiones anteriores de ti mismo.
El castillo de Brescia cierra el día con vistas sobre la ciudad y una luz de tarde que lo convierte todo en fotografía. Subimos a pie, despacio, sin prisa. Eso también es un lujo que la distancia te enseña a apreciar — cuando estás juntos, no hay ningún lugar al que llegar corriendo.
¿Conoces Brescia? ¿Tienes una ciudad italiana que sientas que está infravalorada? Cuéntanosla. Y si quieres seguir el día a día de esta vida entre Sevilla y Tenerife, nos encontrarás en Instagram: @aunvuelodeti
