Hay ciudades que funcionan mejor fuera de temporada. Verona es una de ellas. Llegamos un miércoles de febrero, después de un vuelo desde Sevilla y un bus desde el aeropuerto de Bérgamo, con las maletas aún sin deshacer y el hambre de quien lleva horas viajando. La ciudad nos recibió casi vacía, con la Arena di Verona enorme y silenciosa frente a nosotros y la Piazza Bra sin los grupos de turistas que la llenan en verano.
Cuando vives a distancia, los reencuentros tienen una logística que la gente que vive junta no conoce. Primero el vuelo, luego el bus, luego el hotel, y en algún momento entre todo eso el momento en que por fin te relajas y piensas: ya estamos. En Verona ese momento llegó caminando por la Piazza delle Erbe con una pizza en la mano y sin ningún plan concreto para la noche.

La Arena es imponente incluso cerrada. Da igual que hayas visto fotos mil veces — cuando la tienes delante en febrero, con poca gente y luz de tarde, tiene una escala que las imágenes no transmiten. Nos quedamos un rato mirándola sin decir nada. Hay momentos que no necesitan comentario.
Cenamos cerca del hotel, en un restaurante sin pretensiones donde el vino era bueno y la pasta mejor. Miriam pidió en italiano — ese italiano espontáneo suyo que mezcla con el español sin darse cuenta. El camarero sonrió. Nosotros también.
Verona de noche, con las calles casi para nosotros solos, fue el mejor escenario posible para empezar cuatro días juntos.
Maktub. Estaba escrito.
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